Ernesto Castellanos Fernandez's Obituary
Querida familia:
Hoy nos une un dolor inmenso, una tristeza profunda y difícil de expresar con palabras. La partida de Ernesto nos deja un vacío enorme, pero también nos invita a acompañarnos, a sostenernos unos a otros y a encontrar, dentro de tanto dolor, un poco de paz.
Ernesto nació el 23 de octubre de 1968, en circunstancias complejas que marcaron el inicio de su vida. Fue fruto de una relación que no resultó ser la más adecuada, lo que significó mucho sufrimiento para nuestra madre. Poco tiempo después, ella formó una familia junto a nuestro padre Luis, quien lo hizo suyo en todos los sentidos: biológico, emocional y espiritualmente, dándole su apellido, su amor y su crianza.
En su infancia fue un niño feliz, noble y muy ocurrente, con una luz especial que quienes lo conocieron recuerdan con cariño. Como muchos, atravesó una adolescencia marcada por la rebeldía, por preguntas internas y por la búsqueda de su identidad. Quizás las circunstancias de su origen, el abandono de su padre biológico y las complejidades emocionales de su entorno influyeron en su manera de enfrentar la vida. Nuestra madre, con las limitaciones que tenía, hizo lo que pudo desde el amor, intentando protegerlo a su manera, como mejor supo.
Ernesto tenía una inteligencia natural, especialmente para los idiomas. Aunque no logró terminar la universidad en su momento, encontró su camino en el trabajo, particularmente en el turismo, donde muchos lo recuerdan en Cayo Largo. Con esfuerzo, reunió dinero persiguiendo un sueño: emigrar. Y así lo hizo hacia Venezuela el 2 de diciembre de 1995.
A partir de entonces comenzó una vida muy distinta. Pasó grandes dificultades, desempeñó múltiples trabajos y vivió experiencias que lo marcaron profundamente. Conoció a Inés, formó una familia y tuvo una hija, cuya pérdida a los cuatro meses de nacida, por una cardiopatía congénita, lo devastó. Ese dolor lo transformó, lo sacudió por dentro y lo fue llevando por un camino cada vez más difícil.
Tras su separación, en circunstancias también difíciles, decidió emigrar nuevamente, esta vez a los Estados Unidos, el 2 de diciembre de 2007, una fecha que nunca olvidaba por coincidir con el cumpleaños de nuestra querida abuela Mamaita. Vivió con nuestra querida prima Mercy y luego decidió mudarse a Portland, Oregon, donde comenzó otra etapa de su vida.
Allí, con grandes esfuerzos, retomó sus estudios, obtuvo un Bachelor of Arts en 2011 y luego una maestría en 2013. Llegó a dar clases y, en apariencia, había encontrado estabilidad y propósito.
También conoció a Angela, una persona hermosa en todos los sentidos, con quien compartió una relación significativa y quien intentó ayudarlo de todas las formas posibles en su lucha con su enfermedad. Gracias, Angela, por tu paciencia y tu amor incondicional hacia él, y por todo lo que has demostrado hasta el día de hoy. Hace muchos años pasaste a formar parte de nuestra familia.
Sin embargo, Ernesto libraba batallas internas muy profundas. Su enfermedad mental, que con el tiempo se manifestó de forma más evidente, fue una carga muy difícil de sobrellevar. Hubo momentos en los que intentamos ayudar, buscar soluciones y ofrecerle caminos, pero no siempre fue posible. Su realidad se fue tornando más compleja, y las decisiones que tomó, influenciadas por su condición y por su entorno, lo llevaron por caminos muy dolorosos.
Alrededor del año 2015 comenzó a manifestar síntomas más claros de su enfermedad. Recuerdo con dolor cuando me confesó que escuchaba voces constantemente, las cuales lo acompañaron hasta el final. Intenté ayudarlo, buscar soluciones, traerlo de regreso, pero él no aceptó tratamiento en ese momento. Tuvo episodios psicóticos que lo llevaron a situaciones muy complejas, incluyendo problemas legales y un periodo de hospitalización psiquiátrica en Portland. La pérdida de nuestro padre fue otro golpe muy fuerte para él, del cual apenas podía hablar, pero que lo marcó profundamente. Todos conocemos la nobleza y la paciencia de nuestro padre con él.
En los últimos tiempos, cuando ya estaba más estable y bajo tratamiento, ocurrió esta tragedia que hoy nos llena de dolor. Sus compañeros de trabajo y las personas con quienes convivía coinciden en describirlo como alguien reservado y solitario, pero también como una persona decente, educada y noble.
Ernesto no fue solo sus errores ni sus momentos más oscuros. Fue también ese niño noble, ese hombre inteligente, ese ser humano sensible que, de alguna manera, luchaba con sus propios demonios. Se preocupaba por cada uno de nosotros, preguntaba por todos, estaba pendiente, a su manera. Su vida fue una mezcla de luces y sombras, como la de todos, pero quizás más intensa, más desafiante.
Quiero decir algo muy importante: ninguno de nosotros debe sentir culpa por no haber hecho más. Cada uno hizo lo que pudo desde el amor y las circunstancias que le tocaron. La vida de Ernesto fue el resultado de muchos factores, decisiones y luchas internas que solo él vivió plenamente.
No hay consuelo suficiente ante una pérdida así, y menos en circunstancias tan duras. Más que juzgar o cuestionar, debemos abrazar su memoria con compasión. Debemos quedarnos con lo que nos enseñó: que la vida es frágil, que las decisiones importan, que la salud mental necesita atención, comprensión y apoyo; y que el amor, aunque a veces no sea suficiente para salvar, siempre deja huella.
Que su historia nos sirva para ser más humanos, más empáticos, más atentos unos con otros; para aprender de nuestros aciertos y también de nuestros errores; para acompañarnos más, escuchar más y no dejar solos a quienes amamos.
Descansa en paz, hermano querido. Que tu alma encuentre el sosiego que tanto necesitaba. Sé que estás en un lugar hermoso y tranquilo.
Un beso grande y un abrazo aún más fuerte para todos.
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