Uno de mis recuerdos favoritos de Julio son todos los cortes de pelo increíbles que me hacía cada vez que lo visitaba junto a mi esposa (su hija, Vanessa).
A veces pasaba meses sin cortarme el pelo, a modo de broma, para que él tuviera que sentarse y contemplar todas las pulgadas de cabello que tendría que cortar para hacerme lucir presentable.
Los cortes de pelo suelen ser un labor de amor. A veces, sin embargo, te sientas en una barbería y el proceso dura apenas 15 minutos. Quizás la persona sea sumamente hábil, pero en ocasiones simplemente recibes un corte apresurado.
Julio se enorgullecía de sus cortes de pelo. Hacía un solo corte, se apartaba, observaba mi cabeza de otro ángulo y luego hacía otro corte. Rodeaba la silla y se podía ver cómo su mente trabajaba a toda máquina mientras planeaba la ruta de su corte. A veces, Vanessa miraba el reloj y exclamaba que, si no se daba prisa, todos nos quedaríamos sin cenar. El corte de pelo llegaba a durar, en ocasiones, una hora y media. Pero, ¡vaya si era el mejor corte de pelo que jamás recibí! A Julio no le importaba cuánto tiempo tomara; lo único que le importaba era que su yerno obtuviera el corte de pelo más espectacular posible.
Así era como Julio veía la vida: no tomaba atajos. Creía firmemente en hacer que todo fuera tan hermoso como pudiera serlo; ya fuera limpiando las pequeñas gotas de agua del lavabo después de que yo terminara de lavarme las manos, o asegurándose de que no hubiera ni un poco de polvo en toda la casa.
Al reflexionar sobre su vida, Julio demostró ser un esposo, un padre y un amigo extraordinario. Fue, y siempre será, un modelo a seguir para mí. De vez en cuando me paso la mano por el pelo y sé que el trabajo arduo, el amor y la dedicación son todo lo que se necesita para dejar una huella eterna en este mundo.
Descansa en paz, Julio. Te extrañaremos muchísimo. Te quiero, y te prometo que el trofeo del mejor corte de pelo será tuyo para siempre.